“Memoria de mi Pueblo Azacualpa, Chalate”
Por Lucelar (nombre de pluma)
El tren avanzaba rumbo al norte, dejando atrás el perfil dorado de San Diego, cortando el silencio del campo californiano. Iba sentado junto a la ventana, con el mentón apoyado en la palma, arrullado por el ritmo de las vías y el murmullo de los pasajeros que hojeaban sus celulares o dormían con audífonos. Pero mi mente—mi mente estaba muy lejos.
En algún punto entre Oceanside y las colinas del interior, me perdí. No solo en pensamientos, sino en el tiempo.
Me vi a mí mismo parado al borde de un camino de tierra, bajo un cielo azul que pertenecía a otro mundo. No había tráfico allí—ni rieles de acero, ni bocinas ni humo de diésel. Solo el olor de la tierra tibia, el heno dulce, y algo ligeramente quemado que venía de un fogón cercano. Sobre un poste agrietado colgaba un letrero: Azacuelpa.
El lugar donde empezó mi historia.
Solo tenía dos años cuando viví allí, y sin embargo en ese instante lo recordé todo—más claro que ayer, más brillante que el sol que ahora parpadeaba en el vidrio del tren.
Mi abuelo, Enecón, estaba allí—alto y delgado, con su sombrero de paja gastado y una camisa descolorida por años de sol. Sus manos eran ásperas y fuertes, de esas que podían calmar un caballo o levantar una casa. Me sentaba en la montura delante de él, riendo en voz baja, dejando que las riendas colgaran mientras la yegua avanzaba despacio por el sendero.
En mis manitas llevaba semillas de maíz—doradas, tibias, sacadas de la bolsa que él me había dado. Decía que eran tesoros pequeños, comienzos de algo grande. Yo lanzaba algunas al aire, riendo mientras se mecían en la luz. Él sonreía y decía que yo tenía alma de sembrador.
Todo a nuestro alrededor vibraba. No con máquinas, sino con vida. Las gallinas corrían entre los cercos, las cabras balaban detrás de viejas rejas, y los cerdos se revolcaban perezosos en charcos de sombra. Yo jugaba entre ellos mientras él atendía los cultivos, descalzo, feliz, y libre.
En Azacuelpa, nadie miraba el reloj. Había tiempo para trabajar, y tiempo para descansar. Para mascar caña bajo el árbol de mango, y para ver las colinas dorarse antes del anochecer.
Pero ahora, en el asiento de un tren moderno, vi el reflejo de un hombre mayor en la ventana—yo mismo. Los maizales se habían ido. La casa, si aún existía, era solo un recuerdo aferrado a paredes cuarteadas y clavos oxidados.
Pasé una vez por el pueblo, años atrás, en una visita a El Salvador. No entré. No pude. Solo lo miré desde afuera, como si una frontera invisible me detuviera—no de tierra, sino de tiempo.
Azacuelpa aún existe, dicen. Pero mi Azacuelpa—esa donde mi abuelo me subía al caballo, donde la tierra era suave y los días lentos e infinitos—ese lugar ya no existe.
Vive solo en la memoria. O en los sueños.
Como en aquel episodio de La Dimensión Desconocida, Walking Distance, donde un hombre escapa al pueblo de su infancia, solo para descubrir que ya no se puede volver de verdad. Las personas se han ido. El espíritu se ha desvanecido. Lo que queda es la lección: uno puede visitar el pasado, pero no puede vivir en él.
El tren dio un pequeño tirón, devolviéndome al presente. San Juan Capistrano pasó fugaz por la ventana. El concreto reemplazó los campos de maíz.
Aun así, por unos breves instantes, caminé de nuevo por Azacuelpa. Y en ese espacio callado entre la memoria y la imaginación, volví a ser niño—cabalgando junto a mi abuelo, jugando con semillas de oro.
Y mientras los rieles me llevaban hacia adelante, guardé esa visión muy cerca. Sabiendo que esos días no volverán… pero agradecido de que una vez fueron míos.

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