Ya cerca de mi ocaso, te miro sin temores,
destino que me diste espinas y flores;
forjaste en mis manos la fuerza del acero
y en mi pecho, el calor de un fuego verdadero.
De niño, entre muros fríos y ajenos,
aprendí que la fe rompe los inviernos,
que la esperanza crece en tierra estéril
si el alma la riega con sueños fértiles.
De mares lejanos crucé la corriente
llevando en los ojos mi norte presente.
No hallé sendas lisas ni cielos sin nubes,
pero en cada paso planté mis virtudes.
Amé y fui amado; hijos y risas
fueron mis cosechas, fueron mis delicias.
Del sudor ganado nació mi abrigo,
y en cada jornada me encontré conmigo.
Hoy, con la frente limpia y el corazón sereno,
te digo, destino, con voz que no tiembla:
He vivido lo mío,
he cumplido mi trecho,
y en paz, para siempre,
te dejo mi pecho.
—Lucelar

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